París: cinco cafés literarios imperdibles

Hace un tiempo dieron cobijo e inspiración a grandes íconos de la cultura y literatura mundial; hoy son una parada obligatoria para todos los que recorren la ciudad

 

1. Les deux Magots (Barrio Latino)

Dentro de algunos días este tradicional café dará inicio al año literario con la entrega del primer premio de 2017, el Prix des Deux Magots, creado en 1933 por varios autores en reacción al Goncourt. El café fue frecuentado por artistas y gente de letras. Además de los surrealistas, Camus, Picasso, Brecht y Joyce fueron clientes regulares. Debe su nombre a dos magots, sendas estatuas de magos chinos en el interior. Estas dos palabras suenan parecidas en francés y en español por casualidad pero tienen sentidos muy distintos. En francés antiguo se llamaba magot a un hombre sentado y sereno, como un Buda. El café conserva los bancos de cuero y las mesas de caoba de sus inicios. De la misma manera los mozos siguen vistiendo un traje blanco y negro idéntico desde 1914.

 

2. Le Procope (Odeón)

Al lado de la puerta, un pequeño cartel anuncia que es el café más antiguo del mundo. El heladero italiano Procopio dei Coltelli lo abrió en 1686: y aunque La Tour d’Argent es más antigua (1582), se trata de un restaurante y no de un verdadero bar, a diferencia del Procope que sí lo es desde sus orígenes. Siempre atrajo a los intelectuales y sus puertas fueron empujadas por los filósofos de las Luces: Voltaire, Rousseau o el enciclopedista Diderot. Venían a probar las novedades de la época: el café y la crema helada. Una imagen de fines del siglo XIX muestra a Paul Verlaine escribiendo versos en una de sus mesas, con un vaso de ajenjo delante de sus hojas. Al mismo tiempo, Víctor Hugo, Alfred de Musset y Balzac eran otros habitués. Actualmente el café es más bien turístico, pero conserva un pequeño papel en la vida intelectual parisina: desde 2011 entrega el Premio Procope de las Luces a un ensayo político, social o filosófico.

 

3. La Closerie des Lilas (Montparnasse)

Nació como una caballeriza y una posta de correo en la ruta hacia Fontainebleau. Fue transformado en café en 1847 y fue el primero en dar un toque intelectual al barrio que creció en torno a la estación de Montparnasse. Durante la segunda mitad del siglo XIX los mozos servían regularmente a Emile Zola, Paul Verlaine, Guillaume Apollinaire y Théophile Gautier. A principios del siglo XX fue uno de los bares preferidos por los norteamericanos de París. Mientras la prohibición marcaba la escena en Estados Unidos, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald y Henry Miller vivían una existencia bohemia tal como lo recreó Woody Allen en una de sus películas. Fitzgerald presentó allí mismo por primera vez el manuscrito del Gran Gatsby. Desde 2007, el Premio de la Closerie des Lilas recompensa una novela en francés escrita por una mujer.

 

4. La Rotonde y La Coupole (Montparnasse)

Estos dos bares están prácticamente frente a frente. El primero ha sido el preferido de varios intelectuales y artistas entre las dos guerras mundiales, como Aragon, Braque, Picasso y Modigliani. Actualmente, es un lugar elegido por aquellos que necesitan ser vistos para existir, desde jóvenes actrices hasta políticos que quieren dar un empujón a una notoriedad vacilante. El segundo es el preferido de otros tantos VIP, desde su apertura en 1927. Es seguramente el lugar que mejor representa el ambiente que Hemingway retrató en sus recuerdos, París era una fiesta. Durante las décadas siguientes, también lo frecuentaron asiduamente Jean Cocteau, Joséphine Baker, Marlène Dietrich, Edith Piaf, el fotógrafo Man Ray junto a muchos otros noctámbulos. El Premio de La Coupole recompensa cada año una novela en francés. En 2013 lo recibió la porteña Marcela Iacub por un libro donde trazó su relación con el ex Director del FMI Dominique Strauss-Kahn.

 

5. Le Café de Flore (Barrio Latino)

Fue el lugar de predilección de los existencialistas y era sobre todo la segunda casa de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Pasaban allí días enteros, sobre todo en invierno, para aprovechar la calefacción del salón, mientras animaban tertulias y recibían a amigos, como el inolvidable Boris Vian. Le dieron de esta forma un prestigio que hoy se mantiene y atrae a grandes flujos de turistas que no quieren dejar de tomar un café en el mismo lugar que ellos. El publicista y novelista Frédéric Beigbeder creó en 1994 el Premio de Flore, que se entrega cada año en noviembre a un joven autor o una ópera prima.

 

Fuente: La Nación

Autor: Pierre Dumas

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